En el marco de las actividades desarrolladas por la Biblioteca Nacional de Colombia en su “Semana del Libro Digital” tuve la oportunidad de asistir ayer a la Mesa de discusión “¿Cómo se prepara Colombia para la lectura digital?”, organizada por esta entidad, en donde se quiso dar respuesta a dos preguntas clave:  ¿cuáles son los grandes desafíos que se abren para el sector editorial en el tránsito hacia el mundo digital? y ¿qué acciones está tomando este sector para atender dichos desafíos? Si bien el contexto fue Colombia, ciertamente es el mismo de muchos de los países de la región, con similares retos y encrucijadas.

Con la moderación de Bernardo Jaramillo, subdirector de Producción y Circulación del Libro para el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina (CERLALC), los asistentes contamos con un grupo representativo de actores que expuso, desde sus propios ámbitos, sus ideas y tocó temas clave que avizoraron las dificultades e inmensos retos ante los que se encuentra el sector: Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro; Sandra Suescún, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas; Sergio Vilela, director editorial del Grupo Planeta; Carmen Barvo, directora de Fundalectura; Diego Meriño, gerente de Carvajal Educación para la Región Andina; Iván Correa, gerente de eLibros Editorial, María Fernanda González, asesora del área de pedagogía de Computadores para Educar; Rodrigo de la Ossa, director de Santillana Sistemas Educativos y Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Fue interesante notar el olfato agudo de algunos de los invitados y su intento por brindar un espectro integral del tema (desde la creación, la edición, la distribución y el lector, este último lo más importante y probablemente en donde se quedaron mis mayores expectativas), así como la influencia persistente del mundo analógico y de la producción y distribución tradicional, en donde el tránsito hacia lo digital  requiere de nuevas miradas y de lograr pensar lo digital desde lo digital y no siempre desde lo analógico, como habitualmente suele hacerse (sin olvidar saber convivir, como lo afirmó Carmen Barvo, con los espacios de “cohabitación”).

No es mi interés presentar un resumen de la Mesa, seguramente podrá consultarse luego en video en este enlace,  pero sí destacar y analizar algunos temas que me parecen importantes, claves y problemáticos ante la coyuntura actual.

1. Los “espejos“. No lo había pensado de esta manera y alguien hizo referencia a estos en la Mesa (quizás aludiendo esos jugueticos con los que los conquistadores llegaron a América y  embelesaron -nos cuenta la historia popular- a los nativos). Rescatable, loable y retante el proyecto de las probables 565 000 tabletas con los que el gobierno colombiano terminará su iniciativa de “Computadores (o tabletas o artefactos tecnológicos) para Educar”. La tríada comentada por la representante del Ministerio “Explorar – aprender – producir” es lógica y por sí misma nos deja a todos claro que las tabletas no son la herramienta salvadora ni de la educación, ni del sector editorial o de la industria productora de contenidos, pero sí una muy interesante opción si logramos definir el cómo utilizarla.

El requerimiento de que sean los municipios beneficiarios de las tabletas los que presenten proyectos de aplicación y uso es un buen parámetro para premiar democráticamente a los más interesados con el suministro de estos dispositivos, anotando sin embargo que la gran mayoría de las propuestas intentarán dar respuesta en menor o mayor medida a la tríada definida por el Ministerio (explorar – aprender – producir), pero no, claro está, a las necesidades del sector productor de contenidos (incluyendo a los editores) ni a las políticas que permitan incentivar mayores y mejores índices de lectura.

Vale entonces afirmar que en las políticas nacionales de conectividad, acceso a la información, revolución digital y creación de aplicaciones, las tabletas pueden venir muy bien, pero que falta muchísimo por hacer (casi todo) en la forma como el amplio sector editorial puede tomar ventaja de estos recursos disponibles para el desarrollo de la propia industria en el plano de lo digital y, todavía más, en los temas de lectura, si es que podemos establecer una relación entre tabletas y lectura. Seguro no faltan los que aluden a las nuevas formas de leer, de narrativas transmediáticas y nuevos usos del lenguaje. Eso es cierto y lo comparto plenamente, pero en el marco de los objetivos del evento, el sentido de la lectura y apropiación de los contenidos, distaría mucho del uso extensivo de las tabletas sin un “programa” que lo soporte y le estructure de manera articulada con el “uso pedagógico y formativo de los espejos”.

Esto de las tabletas no es nuevo. Desde el proyecto de Negroponte (One laptop per child) y sus aplicaciones en algunos de nuestros países, hasta recientes iniciativas en países lejanos con similares condiciones a los nuestros (como Tailandia) dejan claro que los “cacharros” son artefactos que podrán ser útiles en la medida que estén articulados con políticas y programas en donde el uso y la apropiación de contenidos pueda llevarse a cabo en un marco que supera el instrumentalismo y se conecta de manera adecuada con los propósitos de educación y desarrollo que pretendería cualquier iniciativa de este tipo.

2. Vincular el nuevo talento a la industria. Bernardo Jaramillo lo anotó y es una realidad. El sector editorial tradicional requiere de manera urgente la vinculación estratégica de nuevos actores, gente joven llena de talento y con deseos de hacer cosas nuevas, para que ese tránsito hacia lo digital o, mejor aun, esa posibilidad de creación editorial desde lo digital y no desde lo analógico, pueda darse de la mejor manera, más todavía si este talento cuenta con la adecuada intervención de quienes han trabajado toda la vida desarrollando contenidos. Amplia documentación y estudios se han desarrollado sobre el tema. Recomiendo nuevamente el trabajo que viene llevando a cabo Javier Celaya sobre “Cómo colaborar con startups, una de las claves del éxito digital“.  De igual manera este tema conecta con un término que para mí adquiere cada vez más importancia y que lo escuché por primera vez a comienzos de este año en la última versión del TOC de Nueva York: “Lean Publishing“. En síntesis, hacer más con menos y asegurar proyectos editoriales viables.

Lean Publishing Jaime Ivan Hurtado

3. Políticas y programas, no modelos.  A mi manera de ver los integrantes del sector editorial se encuentran bastante ocupados buscando y trabajando modelos con los cuales puedan desarrollar y proyectar los escenarios futuribles del libro (la estadística ya dice que para el año 2017 el volumen de ventas de ebooks en los Estados Unidos será exactamente igual al de los libros en papel, hoy sabemos ronda por el 30% de las ventas). Muchas cosas ya están inventadas y diversos modelos de plataformas, ecosistemas, agregadores de contenido han hecho su arribo. Debe ser claro para el lector que el suscrito se dedica a esto y que en cerca de diez años de múltiples y complejas experiencias podrían citarse un cúmulo de casos exitosos y otros tantos fallidos y mejorables de la propia tríada “prueba – experimenta – aprende”. A lo que quiero llegar, cuando hablamos de las tabletas o de las posibilidades que tienen los editores, es que la solución no debe estar instrumentalmente ceñida o regida por las plataformas, el modelo suizo, la plataforma alemana, el modelo Amazon, Google, la tableta C, el smartphone X, o a lo que prefieran aludir. Estos ya existen y muchos editores los conocen y trabajan con ellos. El punto está, estimo que replicable para muchos países, en la definición de un programa, soportado en unas políticas y, claro está, en unas plataformas y aparatos (como las tabletas) que permitan conectar las iniciativas de los estados de lograr mayor conectividad con un programa de incentivo en la producción y disponibilidad de contenidos generados por el sector editorial.

En muchos de los modelos existentes (propios, licenciados, con ecosistemas cerrados y abiertos, de acceso o descarga, Free, Freemium o Premium) los editores han hecho y seguirán tratando de hacer lo suyo. Muy bien vendría, sin embargo, que desde las políticas de cada Estado se brinden nuevas posibilidades para incentivar la producción, la distribución (con artefactos y sistemas) y, lo más importante y de lo que menos escuché, el uso adecuado de estos contenidos por parte de nuestros queridos lectores, fin último de la cadena de valor del libro.

Antes de finalizar, tres comentarios adicionales que no puedo dejar de mencionar:

  • Una cosa es autoeditarse y otra autopublicarse. Cualquiera puede autopublicarse, pero no cualquiera se autoedita. No debemos sentir temor de la revolución de la autoedición y sabemos  que muchos noveles autores han podido salir “a la luz” usando esta fórmula (muy conectada además con lo que comenté de “Lean Publishing“). Veo que acá todavía hay temores desde el sector tradicional. Esto es una posibilidad más, un medio posible, pero no el fin (como tampoco lo son las tabletas ni las fórmulas salvadoras y universales).
  • Urge para el sector lograr medir de mejor y adecuada manera la generación de contenidos digitales (ya lo logramos con el ISBN, pero habría que indagar su aplicabilidad y buenas prácticas en los diversos países). De igual manera, lograr medir las ventas digitales, el consumo digital y los otros tipos y formas de lectura (esto se comentó en la Mesa). La falta de medición nos hace suponer escenarios posibles, pero con meras suposiciones no podemos fortalecer y trabajar con estos escenarios.
  • Estados Unidos no es el norte,  ciertamente como se comentó en la Mesa y alguno de los asistentes muy insistentemente lo hizo notar, pero no debemos olvidar que en el mundo del “Digital Publishing”  es el más desarrollado y con mayores avances. Es necesario conocer muy bien su qué y su cómo para que en nuestros propios proyectos no caigamos en los mismos errores o terminemos “reinventando con mucho esfuerzo, tiempo y dinero lo que ya existe”. El desarrollo de políticas y programas debe tener en cuenta mucho de esto si se quieren construir escenarios posibles para los países, que se adapten a sus propias dinámicas y hagan las transposiciones deseadas para llegar a los fines esperados.

Concluyamos entonces afirmando que la dificultad está en la diversidad y en la multiposibilidad. No podemos pretender construir un solo ecosistema para lo digital como sí lo podíamos tener en la edición analógica. Lo digital nos abre múltiples caminos, y el éxito está en saber cuáles recorrer y cuáles construir, invirtiendo lo necesario y colocando los recursos, medios y tecnologías en su justa medida, sin magnificarlos ni universalizarlos, combinándolos de manera adecuada. Retomando lo que dijo Sergio Vilela, “gastando dinero en nuevas iniciativas digitales.” Ya estamos logrando hacer que la oferta de lo que tenemos en analógico esté disponible en digital (y sabemos cuánto nos ha costado, desde la organización de los contratos y los derechos de autor, la definición de la política de precios y marketing, hasta la selección de las plataformas y la conversión a nuevos formatos). El reto ahora está en los modelos y ecosistemas existentes y que se construyen, como en los programas y políticas que puedan desarrollarse con el apoyo de los estados y la participación de la industria generadora de contenidos y no solo de bonitas aplicaciones que permiten cualquier cantidad de funciones. Requerimos de contenidos leíbles que permitan creer que es posible tener sociedades lectoras que contribuyan al desarrollo de los pueblos. ¡Vaya reto el que tenemos desde la edición digital!