¿Por qué cuesta tanto esfuerzo aceptar que lo menos importante de los libros -de esos textos que seguiremos llamando libros- es el envoltorio? ¿Y que lo verdaderamente disfrutable no es presumir una caja de cartón, por más linda que sea, sino adentrarse en sus misterios sin importar si las letras están impresas con tinta o trazadas con píxeles?

Jorge Volpi

Dentro de las nuevas dinámicas de lectura y ese entrecruzamiento que hoy es palpable entre lo impreso y los soportes electrónicos, cada vez surge mayor conciencia que es un grave error presentar un forzamiento al intentar separar los soportes (cuánto se lee en digital y cuánto se lee en papel), pues nos separamos de una realidad en la que los contenidos fluyen de diversas maneras y cómo estos conectan con sus audiencias (los lectores).

Sobre ese tema de la lectura y la forma como hoy se lee en los nuevos contextos informáticos, vale la pena resaltar el reciente estudio publicado por el CERLALC “Metodología común para explorar y medir el comportamiento lector. El encuentro con lo digital” (2014), que ofrece una valiosa propuesta metodológica para el estudio del comportamiento lector y la exploración de los hábitos de lectura que supera la visión librodeterminista de los instrumentos tradicionales de medición, a partir de una mesa de expertos, que se llevó a cabo en la ciudad de México, en el mes de septiembre de 2014.

La idea es la misma que a todos nos atañe cuando hablamos de lectura: ¿cuáles son los indicadores comunes para explorar el comportamiento lector? Esta pregunta se ha convertido en una carencia cuando nos enfrentamos a las nuevas dinámicas que configuran cómo viejos, jóvenes y niños leemos hoy, en donde se presenta un impacto marcado de las tecnologías de la información y de la comunicación. En este sentido, según el estudio del CERLALC, “los nuevos escenarios (de lectura) en los que se incluyen más dispositivos y se inscriben nuevas prácticas híbridas y transmediales de producción y consumo, demandan reconocer la necesidad de nuevas competencias lectoras”.

Por ello valga la pena recordar, cómo la definición de lector puede ir cambiando con el tiempo. Hace poco podríamos entender al lector como “ese sujeto que declara leer cualquier tipo de material escrito (texto escrito), sin que el instrumento suponga una calificación de las prácticas y representaciones de la lectura según los contextos y los soportes”. Hoy el enfoque se amplia, renovando los niveles de reconocimiento de las formas de combinación entre la lectura y la escritura, como bien lo señala el estudio del CERLALC. Una aproximación más profunda a la lectura implica indagar sobre los hábitos de lectura, los motivos para leer, las prácticas de lectura realizadas en la infancia, los usos de la lectura en escenarios transmedia, el uso de internet y el acceso, la asistencia a bibliotecas, los hábitos de escritura, entre otras variables.

Estas disquisiciones conectan con los compromisos que un país como Colombia debe asumir frente a tan importante tema, pero haciéndolo no sólo de una manera adecuada a estos nuevos tiempos, sino también de forma congruente con lo que se debe aspirar sean sus tasas de crecimiento de la lectura, apoyo al sector editorial y un enfoque de avanzada que refleje el interés que Colombia ha venido mostrando de tiempo atrás de convertirse en un importante cluster tecnológico para la región. No debe olvidarse en este sentido que para Latinoamérica, después de México y Argentina, Colombia tiene la mayor cantidad de producción editorial, lo que refleja el dinamismo de su industria y las posibilidades si se habla de cómo convertir estos escenarios de mediación digital, tanto en la producción, la transformación, la distribución y el consumo o la lectura, en una gran oportunidad.

Esta breve reflexión amerita sea analizada frente a lo que se ha promulgado recientemente en las bases para el Plan Nacional de Desarrollo de Colombia, 2014-2018. Si bien todos estamos de acuerdo en la notable importancia de aumentar los índices de lectura y de que la tecnología juega un papel preponderante en las oportunidades que para este efecto aparecen delante de nosotros, sí debe ser cierto que todas las opciones de masificación deben estar mediadas tanto por la estrategia lectora o pedagógica, como por la calidad de los contenidos y su adecuado uso, y no tanto por los dispositivos y la cantidad de información disponible. Gobierno, Bibliotecas, industria cultural editorial, docentes, tenemos aquí un papel preponderante. Esto es, sin duda, una variable importante que se suma a los análisis de cuestiones similares que veníamos llevando de tiempo atrás.

El indicador de lectura tradicional colombiano (que, por ende, merece una reevaluación en su medición) espera pasar de una línea base de 1,9 libros leídos al año por la población colombiana a una meta del 3,2 libros para el año 2018. Causa notoria curiosidad, sin embargo, que el presupuesto para libros y material audiovisual adquirido citado en las Bases del mencionado Plan de la línea base pase de $10.192.486 a una proyección de $10.500.000. En otras palabras, el indicador de lectura tiene un incremento del 68,42% pero el presupuesto de compras solo del 3% ¿Acaso el incremento de la lectura estará basado en el acceso a los contenidos y no a la compra de libros?

Acá llegamos entonces a otra delicada cuestión: el papel de la industria editorial colombiana, base y motor desarrollo para los escenarios futuribles del libro.

La Cámara Colombiana del Libro es el organismo en Colombia que tiene como objetivo “impulsar el desarrollo de la actividad editorial del país para orientar, representar y proteger los intereses de todos sus agentes, dentro de un criterio de bienestar, cooperación y progreso educativo y cultural de la nación.” Dentro de sus actividades tiene a su cargo la Agencia ISBN y como entidad que representa el gremio editorial del país publica de manera anual las Estadísticas del libro en Colombia. Los datos de edición, producción de títulos y ejemplares señalan en el informe 2014 una producción editorial de 16,091 títulos en 2013 y de 16,035 en 2014, de estos 23% de los títulos registrados en 2014 fueron en formato digital (3.711).

Esta pequeña geografía de datos da cuenta de los cerca de 5,000 trabajadores que el sector empleó en el año 2013 y de los retos que la industria tiene por delante. En el marco de la coyuntura actual, en la que lo digital “abre nuevos caminos” todos debemos estar claros que por encima del papel o de la tinta electrónica, Colombia tiene una industria editorial que la ha soportado durante décadas y que hoy se configura como un actor relevante para la región. Para ello se requieren los apoyos y la visión propositiva de que los cambios se están haciendo. Las nuevas metas de lectura requieren de la participación de todos, de forma innovadora, pero equilibrada.

El acceso, en este sentido, es una prioridad, que debe estar matizada en el marco del respeto por el derecho de autor. Promover el desarrollo de contenidos educativos digitales para transformar las prácticas pedagógicas para el uso de las TIC es un buen propósito, que está en línea con las estrategias del gobierno de Big Data. Pero toda proposición de acceso abierto se complementa por ella misma, por los mismos escenarios de construcción de conocimiento, en la que participan autores y profesionales del libro, generadores y productores de contenido, que dinamizan el sector y lo hacen viable. En este sentido también deben darse los equilibrios, pues tampoco puede hablarse de soportar la producción editorial de un país con beneficios y apoyos exclusivos desde el Estado, como tampoco de llegar a considerar que modelos como el Open Access o ciertas modalidades específicas del derecho de autor (Creative Commons) no tienen cómo aportar a la misma dinamización de la industria, especialmente porque hoy en día se configuran diferentes modelos de negocio, de acceso, de uso de contenidos, que han enriquecido las prácticas digitales del libro y que no se convierten en otra cosa que en una gran oportunidad para todos.